12 enero 2026
8 minutos
Sudamérica guarda termas naturales escondidas donde el vapor se mezcla con el paisaje, sin lujos y con esa belleza simple que se siente auténtica. Sigue leyendo y descubre rincones perfectos para desconectar, entrar al agua tibia y volver a ti, con el viaje fluyendo a tu ritmo y los hoteles de las marcas ibis listos para hacerlo más práctico.
12 enero 2026
8 minutos
Las aguas termales aparecen cuando el agua de lluvia se filtra por grietas, baja a capas profundas y vuelve a subir ya calentada por el calor interno de la Tierra o por zonas volcánicas, cargándose de minerales en el camino. Por eso, en muchos rincones andinos el suelo cambia de color, las piedras quedan con vetas claras y el aire cerca del agua tiene ese olor suave a mineral que delata la presencia de aguas termominerales.
En Sudamérica, esa geología se vive sin filtros en lugares bien rústicos: las Termas de Yanayaku en Ecuador se sienten como un secreto entre páramos, mientras Laguna Verde en Chile regala un baño salvaje con volcanes como telón de fondo. Más al sur, las Termas de Pichicolo se vuelven una pausa perfecta para quienes recorren la Carretera Austral y en Perú Cocalmayo combina pozones calientes con el río Urubamba y sus cascadas frías, un contraste que despierta hasta al viajero más cansado.
Y para qué sirven las aguas termales, además de entrar en calor, es algo que muchos locales resumen con una palabra: alivio. Se buscan para soltar músculos después de una caminata, bajar revoluciones en días fríos y disfrutar un bienestar sencillo, siempre con sentido común, hidratación y tiempos de baño moderados para que la experiencia sea tan natural como el paisaje.
En Chile, las aguas termales se esconden entre bosques lluviosos del sur y paisajes andinos del norte, con paradas que invitan a seguir pedaleando la lectura hasta encontrar tu próxima poza caliente.
En la Carretera Austral, las Termas de Pichicolo son esa parada que los locales recomiendan “porque queda a mano y se siente de verdad”: están junto a la Ruta 7, muy cerca de Hornopirén, metidas en bosque siempreverde, con el vapor subiendo entre la lluvia fina y el verde intenso. Llegas, pagas la entrada y te mueves por pasarelas de madera entre pozones al aire libre de distintas temperaturas, como si el paisaje hubiera armado el spa sin pedir permiso.
El dato práctico que se repite en el sur es simple: trae toalla, sandalias y algo para picar, porque la gracia es quedarse un buen rato, alternar agua caliente y aire frío, y salir con esa sensación de piernas livianas que solo da el contraste. Suelen atender en horario diurno, así que conviene ir temprano para disfrutar con calma y volver a la ruta antes de que caiga la tarde patagónica.
En Aysén, las Termas del Ventisquero se sienten como una pausa cálida en plena Carretera Austral: están a pocos kilómetros al sur de Puyuhuapi, al borde del canal, con bosque húmedo alrededor y ese aire patagónico que cambia de humor en minutos. Lo más característico es el contraste, te sumerges en agua tibia mientras afuera cae una llovizna fina, el vapor sube lento y el paisaje hace el resto.
Aquí el plan se vive con calma porque suelen funcionar por bloques de horario, mañana y tarde, perfecto para organizar el día sin apuro y volver a la ruta con energía. El dato local es simple: lleva sandalias, toalla y una capa impermeable, y aprovecha las piscinas al aire libre que suelen fluctuar entre los 30 °C y 40 °C, ideales para soltar el cuerpo después de manejar o caminar por la zona.
En el Atacama, la Laguna Verde no es un “spa” y justamente por eso encanta: está en plena altura, cerca del Nevado Ojos del Salado, con el viento cortante, el silencio absoluto y un paisaje que parece de otro planeta. Aquí las termas son gratuitas y rudimentarias, una poza simple donde el agua tibia se vuelve un lujo real cuando alrededor todo es frío, sal y cielo abierto.
El dato que los montañistas repiten como mantra es ir preparado: bloqueador, gorro, agua, algo para comer y ropa de abrigo, porque el sol pega fuerte aunque la temperatura baje en segundos. No hay infraestructura, no hay tiendas, no hay “plan B”, solo naturaleza en estado puro, así que conviene entrar despacio, escuchar al cuerpo por la altura y salir dejando el lugar intacto, como si nadie hubiera pasado.
En Cochamó, las Termas del Sol se viven como un premio entre bosque patagónico y aire húmedo del sur: llegas por la Ruta V-69, cerca del estuario de Reloncaví, y de pronto aparecen pasarelas de madera que se internan en el verde como si fueran un sendero secreto. Son pozones de piedra al aire libre, con distintas temperaturas, vapor suave y ese silencio que solo se rompe con el agua corriendo.
El dato local que vale oro es ir con calma y por capas: entrar primero en una piscina tibia, luego buscar una más caliente y terminar respirando profundo afuera, porque el contraste hace que el cuerpo se suelte de verdad. Aquí hay alrededor de diez piscinas y el agua suele moverse entre 36 °C y 45 °C, perfecta para desconectar sin lujo, solo naturaleza bien puesta y tiempo para mirar alrededor.
En Perú, las aguas termales aparecen donde la selva susurra y los Andes imponen su grandeza, con escapadas sencillas que invitan a seguir leyendo y elegir tu próxima pausa caliente en plena naturaleza.
Cocalmayo es ese secreto que en Cusco se recomienda en voz baja después de una caminata larga: queda en Santa Teresa, muy cerca de la ruta hacia Machu Picchu, con pozones al aire libre a la orilla del río Urubamba y agua cristalina que suele moverse entre 38 °C y 44 °C.
Lo mejor es jugar con el contraste, entrar en el agua caliente y luego darse un “golpe” de frío con el río o con las duchas frías del complejo, una rutina local para salir con el cuerpo liviano y la cabeza en calma. Un dato práctico para planear bien el día: normalmente abre desde temprano y cierra por la noche, alrededor de las 5:00 a las 22:00.
En Churín, el agua caliente es parte de la vida del pueblo: se habla de “ir a los baños” como quien dice “vamos a despejar la cabeza”, porque aquí hay pozas con minerales y ese aroma suave a azufre que ya te avisa que estás en zona termal. Entre complejos como La Meseta y Tingo, el plan local suele ser simple y efectivo: llegar temprano, elegir una poza según la temperatura, alternar con descansos cortos y evitar feriados largos si quieres el lugar más tranquilo.
Para armar la escapada sin complicaciones, Lima funciona como punto de partida natural, Churín está a unos 200 km de la capital, así que salir al amanecer te deja el día redondo entre agua tibia y paisaje serrano. Y para arrancar con esa sensación de viaje liviano, el ibis Styles Lima Benavides Miraflores es una base práctica en la ciudad: duermes bien, te organizas fácil y al día siguiente pones rumbo a las termas como quien se guarda un secreto a pocas horas de carretera.
En Ecuador, las aguas termales aparecen como un secreto tibio entre montañas imponentes y páramos que parecen tocar el cielo, una invitación perfecta para seguir leyendo y descubrir tu próxima escapada sin lujos.
En Yanayaku, en plena zona de Cotopaxi, el páramo marca el ritmo: el viento llega frío, la neblina aparece de golpe y el paisaje se abre en tonos dorados y grises que parecen infinitos. Las pozas son rústicas y naturales, con agua caliente que sale como un milagro discreto en medio de tanta altura, perfecta para meterse despacio y dejar que el cuerpo entienda el contraste.
El truco local es ir preparado, no elegante: ropa por capas, sandalias, toalla, agua y algo para picar, porque aquí el plan es quedarse sin apuro y sin distracciones. Si te toca llovizna, mejor todavía, el vapor se vuelve más visible, el silencio pesa bonito y la experiencia se siente auténtica, como un secreto que la montaña solo comparte con quien llega con calma.
En Argentina, las aguas termales mezclan tradición y sorpresa, con escapadas sencillas que van del norte con aire de montaña a rincones donde el descanso se vive sin apuro y con sabor local.
En las Termas de Reyes, a unos 18 a 19 km de San Salvador de Jujuy, el paisaje cambia rápido: la Ruta Provincial 4 se mete en la Quebrada de Reyes y de pronto aparecen cerros verdes, aire fresco y un silencio de montaña que se siente cerca, pero muy lejos del ruido. El agua brota caliente desde el subsuelo, en algunos manantiales supera los 50 °C, y ese contraste con el clima jujeño es parte del encanto.
El plan local es simple y funciona: ir temprano, entrar de a poco y dejar que el cuerpo se acomode, porque en invierno el vapor se levanta como neblina y la experiencia se vuelve todavía más bonita. Si te quedas un rato, entenderás por qué muchos vuelven para “resetear” la semana, aquí el baño termal es una pausa real, sin lujo, con la montaña haciendo todo el trabajo.
En Rosario de la Frontera, en Salta, decir “vamos a las termas” es casi un plan familiar: el predio queda a unos 5 km del pueblo y se llega fácil por la ex Ruta Nacional 34, con cerros y bosque de la Sierra de la Candelaria alrededor. Allí las aguas termales está presente en todo el lugar, desde piletas al aire libre hasta zonas para pasar el día con asadores, duchas y espacios sencillos para descansar entre un baño y otro.
Lo interesante es la personalidad del agua: el destino presume una variedad de manantiales y temperaturas, con surgentes que nacen a distintas profundidades y permiten experiencias diferentes según el día y el cuerpo. El consejo local es ir temprano, alternar inmersión y pausa, hidratarse bien y tomarse el tiempo, porque acá la magia no está en el lujo, está en el vapor subiendo lento mientras el paisaje hace silencio.
En Brasil, las aguas termales también se viven en grande, con complejos que convierten el baño caliente en plan de día completo y te invitan a seguir leyendo para elegir tu próxima escapada.
Poços de Caldas tiene un encanto de ciudad serrana con sabor termal: el día suele empezar con aire fresco, calles arboladas y esa costumbre local de “pasar por el balneario” como quien se regala una pausa. Entre fuentes, plazas y miradores, el plan se arma fácil, caminar sin prisa, tomar un café y dejar que el agua caliente haga su magia antes de seguir explorando.
Y para que la escapada mantenga ese espíritu sin lujos pero con mucha personalidad, el ibis Styles Poços de Caldas es un gran acierto: su decoración inspirada en la literatura celebra el lado creativo de la ciudad, además es pet friendly para animales de hasta 15 kg y tiene habitaciones familiares para hasta dos adultos y dos niños. Así, descansas bien, te organizas sin complicaciones y sigues con el cuerpo liviano, listo para otra ronda de aguas termales y paseos por la sierra.
En Caldas Novas el agua caliente manda: la ciudad creció alrededor de sus manantiales y eso se nota en el ritmo, aquí la gente habla de “ir a las aguas” como plan de mañana, de tarde o de noche, según el calor del día. Entre aguas termales, parques acuáticos y calles llenas de heladerías y cafeterías, el destino tiene energía de vacaciones familiares, de esas que empiezan temprano y terminan cuando el cuerpo ya está en modo descanso.
El truco local para disfrutar mejor es elegir horarios, al amanecer el vapor se ve más, el ambiente es más tranquilo y el agua se siente todavía más reconfortante, mientras que a media tarde el movimiento sube y todo se vuelve más festivo. Si te tomas un momento fuera de las piscinas, vale mirar el cielo del Cerrado y entender por qué este lugar es tan famoso, la sensación de bienestar aquí es directa, sin complicaciones y con mucha agua a favor.
Sudamérica tiene termas para todos los estilos, desde pozas rústicas en plena montaña hasta complejos donde el agua caliente se vuelve plan de día, y lo mejor es que no necesitas lujos para sentir que el viaje valió la pena. Para cerrar esta ruta con la misma calma con la que entras a una piscina termal, los hoteles de las marcas ibis son un gran aliado: prácticos, bien ubicados y listos para ayudarte a descansar de verdad, organizar tu próxima escapada y seguir explorando sin complicarte.
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